Te pido que seas mía…

La luna sigue mis pasos mientras me adentro en el denso bosque. Es de noche y un silencio abrumador inunda mis alrededores. Mi intención es atravesarla así que continuo con valentía dispuesto a enfrentar lo que sea. Sigo una especie de camino. La hierba aplastada y las ramas hechas a un lado me guían indirectamente. Cada cierto tramo me detengo hasta que escucho una rama romperse a mis espaldas sin ser yo quien lo hace. Me vuelvo con agilidad y observo a una mujer de cabellos marrones, silueta delgada y alta para ser mujer. Me mira a los ojos sin saber que hacer. Observo en ella indicios de estar perdida y un anhelo profundo de ser protegida. Esta sola y parece haber estado siguiéndome con cautela. Sin embargo ella no quiere estar sola. Intuyo que le encantaría tremendamente tener compañía. Un destello de miedo en sus pupilas café me obligan a ofrecerle mi ayuda. Me dice que intenta salir del bosque. No tengo idea de como llegó aquí pero le digo que se quede detrás de mi. 

A medida que la noche transcurre, llegamos a la cima de una pequeña elevación. Parecemos acercarnos más a lo que parece ser una planicie entre arboles, una superficie poco visible en este intervalo de la madrugada. De pronto, un movimiento brusco de lo que parece ser una bestia agita los arbustos y se mueve con agilidad a nuestro alrededor, como si nos estuviese observando. Los arbustos se mueven con más brusquedad hasta que varios metros a nuestra derecha, sale de ellos un animal corpulento y peludo que se aleja triunfante con un cuerpo inerte entre sus fauces.

Vuelve la calma y continuamos nuestro camino.

Finalmente el bosque se termina y comienza un leve pero consistente descenso. La noche se ha terminado y para alegría nuestra, el sol pronto acariciará el horizonte. Ahora que aclarece, la veo mejor. Me sonríe. Es bella. Tiene un lunar cerca de la nariz y los ojos muy vivos. Su cara, ahora mas tranquila, ha abandonado la tosquedad de las emociones de la noche reciente. No sé que hacía en el bosque pero no se lo pregunto. Prefiero callar y continuar el camino. Siento que la conozco pero es sólo un presentimiento. De cualquier modo esta situación es ya bastante extraña. Continuamos caminando y a lo lejos se aprecia una casa de madera de mediano tamaño. Se ve atractiva aunque un poco olvidada. Llegando a ella nos damos cuenta que esta cercada pero la entrada esta abierta. Nos miramos el uno al otro y entro primero por si hubiera algún peligro. Hay un amplio patio con un camino empedrado hacia el ingreso de la casa. Unos escalones también de piedra dan la bienvenida a la casa. Llamo a la puerta y nadie contesta. Giro la perilla y me sorprende que también este abierta. Al ingresar, lo primero que encontramos es una especie de recibidor con muebles de madera tallada. A un extremo, una amplia mesa con cuatro sillas ocupan parte del ambiente. A la derecha, repisas con algunos adornos ocupan la pared. Un hermoso florero de porcelana con flores recién cortadas le dan vida al ambiente. Mientras ella explora la habitación, yo la atravieso hasta llegar a la cocina. Todo esta muy ordenado y en su sitio. Los utensilios de cocina están colgados en la pared. Hay  una puerta un poco gastada que parece llevar al patio trasero. Me dirijo hacia ella y la abro con cuidado. En el piso, una taza de fina porcelana adornada con dientes de león en alto relieve yace en el suelo. La levanto, la lavo y la cuelgo. Salgo al patio con ella detrás de mi y nos quedamos perplejos al encontrar un lago de aguas claras y limpias. El sol sale en el horizonte y se refleja con una belleza perfecta en esas magníficas aguas.

De pronto siento una molestia en el pecho, es como un cosquilleo. Trato de atenuarla con mi mano derecha pero es imposible, pues incrementa. Se convierte en dolor. Se hace más profundo. Parece venir de adentro. ¡No sé que hacer!. Es como si tuviera una flecha incrustada,  como si me hubieran clavado un puñal. Es un dolor agresivo, irrespetuoso. Me daña con desparpajo. No consigo dominarlo.  Caigo al suelo y se me nubla la vista. Ella intenta ayudarme pero no puede. Poco a poco su voz se apaga hasta que ya no la escucho más.

Abro los ojos bruscamente. Estoy en mi habitación y ella esta durmiendo en mi pecho. La punta de un gancho en sus cabellos presiona mi costilla derecha. La quito con cuidado sin despertarla. La huella de aquel intruso contra mi cuerpo estará ahi al menos por el resto del día.  Aún no ha amanecido.

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Una luz tenue se cola por entre la ventana. Frente a la cama, en la pared, el cristal de un cuadro con un poema que le escribí apenas se aprecia. Recuerdo muy bien como termina:

Así pues, mucho tiempo he esperado,

he caminado entre montañas,

entre valles flores y ríos,

tanto solo y con los míos.

Con honor y valentía,

Entre muchedumbre y algarabía, 

Desde el fondo de mi alma,

Te pido que seas mía…

Sueña mi vida.

Descansa cariño,
camina en el bosque de tu imaginación,
encuéntrame en el camino,
sigue de cerca  tu corazón,
sueña como si razonar fuese delito,
quizá con las historias del principito,

quizá con las historias que te he escrito,
quizá con nuestros nombres en una bella canción.

Sueña, mi vida, que la vida se nos va,

si fuera posible te daría la mía,
te daría mis días y algo para recordar.

Alcánzame en tus sueños,

estaré ya muy arriba,

esperando que  te acoples para  gritar juntos

¡LIBERTAD!

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Mi piel es para la batalla. La tuya, para las caricias.

Era una noche fría como casi todos los días de invierno. Entre toda la gente que abarrotaban  los distintos negocios y eventos  que tomaban lugar en la calle Harrison, en una de las esquinas más concurridas, Maximiliano trabajaba como cada fin de semana.

Cerca de la media noche, cuando la algarabía aún no llegaba a su punto mas álgido, cuando las drogas y el alcohol hacían que unos disfruten la noche y otros sobrelleven sus trabajos, el grito de indignación de algunos llamó su atención y salió inmediatamente. En el patio, casi en la vereda, una mujer intentaba reincorporarse después de haberse caído. Tenía unas facciones delicadas pero su semblante parecía bastante perturbado por el alcohol. La reconoció de inmediato.

Johana, una chica de cabellera negra y abundante, era amiga suya. Se habían conocido en la universidad. Al parecer los problemas con sus padres pesaban lo suficiente al punto de afectar  su desempeño en  varios ámbitos de su vida. La ultima vez que la vio fue al finalizar el segundo semestre, luego del cuál nunca la había vuelto a ver hasta esa noche.

Se apresuró en llegar hasta ella, la tomo de los hombros y la ayudó a incorporarse con cuidado mientras le preguntaba si estaba bien. A unos metros, en la pista, un taxi la esperaba. Al parecer sus amigos lo habían llamado así que la condujo hasta el automóvil y cerró la puerta. Dio media vuelta y reingresó entre toda la gente.

Dos Horas después salió del trabajo y se dirigió a casa pensando en que cuando llegase encontraría a su mujer probablemente durmiendo boca abajo contra la almohada. Caminó veinticinco minutos en medio de la noche, cruzó las calles, el gran parque que suele estar lleno de dientes de león por las mañanas y finalmente llegó a casa. Se detuvo en la entrada y alzó la mirada.  A cada lado de la puerta principal había una palmera y la luna estaba muy cerca de ellas. Aquella imagen era hermosa a pesar de la espesa neblina.

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Abrió la puerta con mucho cuidado por que no quería despertarla haciendo ruido, sino besando su cuello. Se quitó la mochila, luego el abrigo y se acercó a ella. Se echó a su lado volcando su atención en esa humanidad femenina. Apoyado en uno de sus brazos comenzó a inmiscuir su nariz entre sus cabellos buscando la piel cálida de su cuello. Bajó la tela que cubría su hombro con cautela y la  beso. Sintió como su piel se erizaba en respuesta. Ella se dio vuelta. sus cuatros lunares entre su cuello, su hombro derecho y su pecho formaban un cuadrilátero muy seductor para él.

Mientras la calle estaba inundada por un ambiente calígino y poco perceptible, en el interior de la habitación la oscuridad ya no importaba, pues sus vistas, e incluso sus cuerpos, se las habían arreglado para percibirse el uno al otro. Maximiliano convirtió cada movimiento en una caricia y recordó una de las tantas frases que guarda como filosofía de vida:

“La piel de una mujer no esta hecha para la batalla, sino para las caricias.”

Quitó cada una de sus tres prendas con una mezcla de cuidado y tosquedad que ella amaba. La cogió por la cintura y finalmente la tomó. La distancia entre sus caderas se acortó hasta llegar a tocarse centenares de veces. Era un baile del amor tan perfecto que los unía, más no los alejaba. Era la vida en su estado más puro y natural, el amor en embullición, la energía hecha materia. Maximiliano encontraba fascinante seguir moviéndose a pesar de sentir que los músculos ya no le respondían. Finalmente sus cuerpos llegaron a un estado de placer y relajación tal que cayeron rendidos, casi inertes. Bueno, más ella que él. 

Tendidos en la cama, con la cabeza recostada en el pecho de él, al cabo de varios minutos ella se durmió. Maximiliano la contemplo por largo rato mientras pensaba en la vida. Él no era de abrazos y besos frecuentes, sin embargo daría la vida por ella si así lo exigía la situación. Ése era su amor de hombre. Protegerla.

Acarició su hombro, besó su frente y acercó sus labios a sus cabellos, muy cerca de su oreja y murmuró:

TE AMO.

Una memoria con perfume a hogar

Hoy me visitó un pedazo de mi recuerdo,

un vestigio de mi vida pasada,

una memoria con perfume a hogar.

_

Hoy sentí mi tierra dentro de mi habitación,

al costado de mi alma,

en mi presente diferente.

_

Aquellos pasos que había caminado,

los recorrí feliz y muy animado,

¡Me sentí en casa otra vez!

_

Y a pesar de en realidad

ser ajeno a esta tierra,

he sentido su bondad.

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Mi cabeza traviesa experimentó

la alegría de conversar otra vez

sobre recuerdos que tocan el corazón

cual sutil caricia de mujer.

_

Yo no se si el ser humano,

en el ocaso de su vida,

recuerda lo que hizo,

las almas que conoció

o los lugares que visitó,

sin embargo estoy convencido

 que lo que nunca olvidará

es la felicidad  que en aquellos mismos años

experimentó en alguna circunstancia.

_

Ahora bien, valga la redundancia,

Si bien es cierto que la vida no es toda felicidad,

se encarga con autoridad

de hacernos saborear momentos inolvidables.

Veterano

 

La lluvia castigaba las calles de la ciudad sin piedad, empapando el pavimento, los autos y hasta la vida nocturna que ágil continuaba a pesar de ella. Mojaba también el parabrisas del Nissan en el que me encontraba, fastidiando insistentemente a pesar del rápido movimiento del limpiavidrios. Veía las veredas pasar a través de las ventanas cuando de pronto algo familiar llamó mi atención. Mas bien alguien. Un buen hombre de espalda levemente arqueada casi imperceptible, cuyo andar y silueta mis ojos reconocieron como cercano, caminaba por la acera con una bicicleta al lado y una mochila al hombro abarrotada de, quizá, lo más importante que poseía en ese momento.

Hice que el coche se detuviera, pagué lo justo y descendí sin dudar. Caminé hasta él y lo saludé como se saluda a los viejos amigos. Un apretón de manos y un choque de hombros le devolvió el ánimo que llevaba muy dentro pero que parecía haber perdido. Me alegraba mucho verlo y él parecía estarlo también. Recordé la vez en que nos conocimos. Yo caminaba por la calle queriendo comprar un café cuando ví su cartel con la palabra “veterano”. No me acerqué y seguí caminando. Después de un rato volví y lo ví otra vez. Me causó intriga que un excombatiente sufra la vida de la calle después de haber peleado por su patria. Asi que le hablé y conversamos de casi todo. Y entre una pregunta y otra habló de su trabajo en customer service, el cual había conseguido con fecha de inicio para después de fin de año. Esa oportunidad lo tenía contento. Ahora lo encontraba 2 semanas después, medio maltrecho y un poco más cansado.

Esa noche lluviosa, guiado por mi curiosidad con respecto a su situación, le pregunté que había pasado con el trabajo que le prometieron. Me contó que lo postergaron dos semanas así que aún debía esperar. Eso no solo alargaba las fechas, sino su hambre y la brega diaria que afrontaba día a día. Le pregunté si había comido. Me dijo que si, en la mañana. No supe que decir, pues ya era más de media noche. Le hice algunas preguntas más y me fui enterando que el dinero para su comida se le había terminado hacía una semana, que no había podido conseguir un abrigo impermeable en mejor estado y el que tenía puesto resistía a duras penas las lluvias. Que había seguido escribiendo notas en su cuaderno, el cual me enseñó y que lucía hinchado por la humedad, como si las palabras hubiesen sido tatuadas en sus hojas. Yo no sé qué secretos guardaba en él, pero intuyo que en algún recóndito renglón, en alguna de sus páginas, el recuerdo persistente de su estancia en Irak y Chipre habrá sido descrito, volcando en papel lo que sea que haya atestiguado, sucedido o hecho. Sólo él sabe qué lo motivaba a dibujar edificios en la noche, formas circulares y astros en el firmamento que parecen perdidos. Quizá sus relatos sean de orgullo por sus proezas, o de tristeza por la miseria que trae una guerra. No tengo idea y quizá no la tendré.

Lo miro y caigo en cuenta que cada ser humano es una historia. Le digo que vayamos a comer unas hamburguesas y nos alejamos en medio de la lluvia que aunque sea fastidiosa en ese momento, sé muy bien que es buena y la necesitamos debido a la sequía que azotó la región los últimos años. Muy dentro de mi la agradezco, aunque me empape la ropa, las zapatillas y hasta el alma.

 

 

 

 

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¿Se sabrá?

Oh! Alma de mi vida, cielo dorado, alma divina.

Soy consciente de tu posición, ¿Lo eres tu de la mía?

¿Qué se siente dejar la vida, dejar el cuerpo y  a tu querida,

qué se siente emprender el vuelo hacia tu larga travesía?

Siempre desprecié las flores por crecer a mis alrededores,

prefería los campos llanos, como pampas y sin Orquídeas.

Ahora que ya me voy, que tú te vas, o ya nos vamos,

¿Se sabrá algún día que tu y yo nos amamos?

Ahora las pampas que tanto quería, atrapadas están en mi niñez.

Sólo mar, niebla y frío  acompañan mi vejez.

Ya los míos han partido, y me han dejado soledad.

Hasta pronto vida mía, hasta pronto amor de verdad.

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Lazarte

Manuel Lazarte cargaba la incertidumbre de no saber si serían cinco, diez o más los años que no vería su tierra querida. Llevaba ese asunto a cuestas y a veces le pesaba más de lo que su espalda de hombre podía cargar. Aun así salía todos los días del trabajo alrededor de la media noche, cogía el autobús que lo recogía a las 00:33, se sentaba casi al fondo, junto a la ventana y miraba las calles que dormitaban a esa hora.

En una de esas tantas noches que atestiguaron sus viajes, mientras viajaba en el bus, subió un tipo de piel blanca, greñudo, con un abrigo largo tan viejo que parecía recogido de la basura, una gorra de invierno sucia, guantes negros cortados y zapatillas muy usadas. Aquel tipo se sentó cerca. Se llevaba las manos a la boca para calentarlas con su aliento, lo cual no tenía sentido, pues el frío no se sentía en el interior.  Manuel lo escrutó disimuladamente de pies a cabeza intentando entender su actitud pero no logró mucho. Sólo distinguió un bulto extraño en el lado derecho del abrigo. Eran colillas de cigarrillos que obviamente habían sido recogidas del suelo. Tenía el bolsillo atiborrado de ellos. Inmediatamente un recuerdo se le vino a la mente interrumpiendo su realidad. Volvió su cabeza y miró a través de la ventana.

Hace cinco años, cuando estudiaba en un instituto a la que gente de recursos más que modestos enviaban a sus hijos para que no perdasen el tiempo, se cruzó con algo similar.

Cruzaba el puente sobre la gran avenida Bolivar que separaba  el centro de estudios de un gran centro comercial. Al bajar vió que un hombre que definitivamente había quemado neuronas, con el cabello enredado como dreads y la ropa andrajosa, recogía con una mano cigarrillos que los universitarios tiraban mientras que con la otra sostenía un montón que parecía haber recolectado con esfuerzo. Ambos tipos representaban más que bien las profundidades en las que el ser humano puede caer cuando da rienda suelta a sus caprichos, cuando se malacostumbra dándose lo que quiere y no lo que es bueno para uno. Evadiendo responsabilidades y entregándose a la  “buena vida”, interpretando ésta como el consumo de sustancias que atan al cuerpo y lo privan de voluntad, conduce a un final inminente igual o peor, si es que existe.

Manuel no lo entendió en ese entonces. Quizá sus pocos años no se lo permitieron. Sin embargo ahora la vida se había encargado de explicárselo sutilmente. Se sintió afortunado de no estar en la misma situación.

De pronto el vehículo frenó con cierta brusquedad sacándolo de su ensimismamiento. Ya había llegado así que  se apresuró a salir. Esperó que el bus se fuera y cruzó la calle. Le tomaba 15 minutos caminar a casa, sin embargo los 8 grados centigrados y la lluvia persistente convertían ese tramo en un peregrinaje inevitable. El agua corría por la avenida y las luces del alumbrado público se reflejaban en el suelo empapado en llanto. Muy en el fondo sentía que la vida le había dado más que a aquellos dos hombres. Esa noche, lo incierto de su retorno ya no le pareció importante. Esos hombres quizá no podrán volver ni siquiera a la realidad. Aquella situación había alivianado sus preocupaciones con severidad. 

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Maximiliano

Su ausencia lacera su alma sin mesura, rasguña sus paredes, las maltrata, le quita hasta la pintura de amor que la brocha de sus cabellos pintaron sobre su superficie. Y solo le queda aprender a vivir así. No sólo su alma sufre sino su persona. La nube de recuerdos llueve dentro de él  automáticamente, no le es fácil evadirlos. No es tan simple como usar un paraguas, las gotas le atraviesan hasta el corazón. Ahora aquellas costumbres desaparecen repentinamente y siente el vacío de aquello que se nos quita, imposible de olvidar por que su lugar en nuestro día aun no ha sido ocupado. Como cuando intentamos deshacernos de algún hábito por razones personales, es conocido que el primer día es de extrema dificultad, pues nuestro cuerpo tiene memoria y aunque no lo pensemos, tal hábito viene a nuestra mente como por arte de magia, de igual manera él no se la puede quitar de repente y cada día le parece una batalla. Y a pesar de todo se levanta, mira hacia el horizonte y sabe que tiene que seguir, aunque sienta que la falte un trozo de alma. Sonríe.

Se siente culpable de haber alimentado una relación que tenia por vida una luz tenue. Aquella luz se expandió con el pasar de los días y las palabras se convirtieron en  canciones, matizados de un porvenir que podría o no suceder, y a pesar de saber eso, siguieron por que se querían, por que había amor en sus palabras, por que se amaban y no se lo decían.

Sus treinta años y su amor por escribir no habían cesado. Encontraba material en sus penas y alegrías pero a veces creía que su carrera como escritor no tenia un horizonte, un futuro. 

Saca una pluma y un trozo de papel que maximiliano siempre llevaba para anotar sus ideas o escritos, se acomoda en el muro del mirador en la cima de la colina a la que había acudido para reflexionar, muy cerca de la ciudad, y decide escribir una carta para Dios.

Señor.

Soy consciente de que las cosas que me suceden son de mi entera responsabilidad y  a pesar de que tu sabes lo que va  a suceder  decida lo que decida, no por que ya lo tengas planeado, sino por que simplemente conoces el resultado de todas mis opciones, quiero expresarte mis agradecimientos por semejante bondad.

Me has permitido muchas cosas con el  hecho de haber creado la vida. Sé que lo que venga depende de mis decisiones pero no sería posible sin lo anterior.  Aunque sólo puedo agradecerte por lo que ya he vivido en estas tres decadas, y sabes bien que no es de mi costumbre preguntar algún beneficio, hoy quiero pedirte y pedirle al universo ver esa bondad vuestra “otra vez” para darle a mi alma esa tranquilidad y plenitud que ha descubierto y que apreciaría de sobremanera tener de vuelta.

Maximiliano.”

Acaba la carta, dobla el papel y saca un encendedor del bolsillo. Enciende la hoja con dificultad por el viento  rebelde de la cima, lo deja quemarse hasta que siente el calor muy cerca de sus manos y lo suelta, siendo elevado por el aire y desapareciendo en el atardecer.

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La llegada

Se despertó con una sonrisa en la cara. Casi parecía que había dormido sonriendo. Salió de la cama de un salto, se dio un duchado y se vistió en un dos por tres. Hirvió un par de huevos y se hizo un sandwich de pavo y queso. Sus movimientos eran rápidos. Terminó de desayunar, cogió la mochila y salió. Al cruzar el jardín liberó con la fuerza de sus pasos petalillos de dientes de león que se elevaron hacia el cielo como danzando, con armonía dignas de la naturaleza. Subió al Hyundai gris que había comprado hace algún tiempo por un monto asequible y mientras manejó por las calles  se sintió feliz. La vida lo había tratado muy bien, lejos de muchas cosas que amaba, pero bien al fin y al cabo.

Las señales de transito  indicaban  que había llegado al Aeropuerto de San pancho. Continuó lento mientras imaginaba ese encuentro, como si fuera “la primera vez”, lo cual era verdad y mentira de acuerdo a los ojos con los que se mire.

Se estacionó frente a la puerta de salida Numero 6. Tan pronto estuvo fuera del auto sintió la invitación de los 11 grados Celsius de ponerse una sudadera. Después de 20 minutos esperando, aquella invitación había cambiado a obligación. Apoyado a la puerta del copiloto miraba la gente salir. Habían personas de todas las razas y esa diversidad le gustó. “Tan diferentes fisicamente y sin embargo todos tenemos esa capacidad de sentir, de amar, de soñar, y aunque éstas nunca desaparecen, pocas se hacen tangibles. Algunos renuncian a ellas por miedo, y otros por razones que no necesariamente me incumben” -Pensó.

El siempre cavilaba, aveces por demás, a veces muy poco. Y ahora se encontraba en las mismas. Los minutos transcurrían y él no dejaba de pensar en como sus desiciones lo habían llevado tan lejos, literalmente. Y es que es así. Las opciones que tomes  pueden sacarte de tu comodidad y llevarte a lugares y situaciones que nunca has afrontado antes, que no sabes como resolver pero tienes que hacerlo de todas formas, empujandote a usar  tu ingenio mas allá de lo que en circunstancias normales lo harías. Estaba convencido que la emoción y dificultad de su vida, la diversidad de situaciones, las nuevas experiencias y los lugares increíbles   dependían del nivel de bravura de sus desiciones, pues mientras más aventadas más intensas las vivencias. Cual maestro le enseña al aprendiz, esto nos enseña sobre la vida.

Todo estos pensamientos atiborraban su cabeza hasta que la vió salir. Llevaba sólo una mochila al hombro y una pequeña maleta con rueditas. Usaba unos jeans, una chamarra, zapatillas y una gorra. Sus ojos se encontraron con los de él y sus almas se reconocieron. Era extraño que ella llevase esa gorra en la cabeza, sin embargo había un halo de complicidad entre ellos que eran lo únicos que sabían por qué.

Él la ayudo con su ligero equipaje, luego se subieron al auto. ya adentro parecía que se saludaban. Luego el motor se encendió y se confundieron entre las tantas historias de la vida que sucedían a su alrededor. diente-de-leon

No me respetes  por  ser mujer — hawamuslimah

No, no quiero que me respetes porque podría ser tu mujer, tu hija, tu hermana, o tu madre.

a través de No me respetes  por  ser mujer  — hawamuslimah