Maximiliano

Su ausencia lacera su alma sin mesura, rasguña sus paredes, las maltrata, le quita hasta la pintura de amor que la brocha de sus cabellos pintaron sobre su superficie. Y solo le queda aprender a vivir así. No sólo su alma sufre sino su persona. La nube de recuerdos llueve dentro de él  automáticamente, no le es fácil evadirlos. No es tan simple como usar un paraguas, las gotas le atraviesan hasta el corazón. Ahora aquellas costumbres desaparecen repentinamente y siente el vacío de aquello que se nos quita, imposible de olvidar por que su lugar en nuestro día aun no ha sido ocupado. Como cuando intentamos deshacernos de algún hábito por razones personales, es conocido que el primer día es de extrema dificultad, pues nuestro cuerpo tiene memoria y aunque no lo pensemos, tal hábito viene a nuestra mente como por arte de magia, de igual manera él no se la puede quitar de repente y cada día le parece una batalla. Y a pesar de todo se levanta, mira hacia el horizonte y sabe que tiene que seguir, aunque sienta que la falte un trozo de alma. Sonríe.

Se siente culpable de haber alimentado una relación que tenia por vida una luz tenue. Aquella luz se expandió con el pasar de los días y las palabras se convirtieron en  canciones, matizados de un porvenir que podría o no suceder, y a pesar de saber eso, siguieron por que se querían, por que había amor en sus palabras, por que se amaban y no se lo decían.

Sus treinta años y su amor por escribir no habían cesado. Encontraba material en sus penas y alegrías pero a veces creía que su carrera como escritor no tenia un horizonte, un futuro. 

Saca una pluma y un trozo de papel que maximiliano siempre llevaba para anotar sus ideas o escritos, se acomoda en el muro del mirador en la cima de la colina a la que había acudido para reflexionar, muy cerca de la ciudad, y decide escribir una carta para Dios.

Señor.

Soy consciente de que las cosas que me suceden son de mi entera responsabilidad y  a pesar de que tu sabes lo que va  a suceder  decida lo que decida, no por que ya lo tengas planeado, sino por que simplemente conoces el resultado de todas mis opciones, quiero expresarte mis agradecimientos por semejante bondad.

Me has permitido muchas cosas con el  hecho de haber creado la vida. Sé que lo que venga depende de mis decisiones pero no sería posible sin lo anterior.  Aunque sólo puedo agradecerte por lo que ya he vivido en estas tres decadas, y sabes bien que no es de mi costumbre preguntar algún beneficio, hoy quiero pedirte y pedirle al universo ver esa bondad vuestra “otra vez” para darle a mi alma esa tranquilidad y plenitud que ha descubierto y que apreciaría de sobremanera tener de vuelta.

Maximiliano.”

Acaba la carta, dobla el papel y saca un encendedor del bolsillo. Enciende la hoja con dificultad por el viento  rebelde de la cima, lo deja quemarse hasta que siente el calor muy cerca de sus manos y lo suelta, siendo elevado por el aire y desapareciendo en el atardecer.

ciudad

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