Veterano

 

La lluvia castigaba las calles de la ciudad sin piedad, empapando el pavimento, los autos y hasta la vida nocturna que ágil continuaba a pesar de ella. Mojaba también el parabrisas del Nissan en el que me encontraba, fastidiando insistentemente a pesar del rápido movimiento del limpiavidrios. Veía las veredas pasar a través de las ventanas cuando de pronto algo familiar llamó mi atención. Mas bien alguien. Un buen hombre de espalda levemente arqueada casi imperceptible, cuyo andar y silueta mis ojos reconocieron como cercano, caminaba por la acera con una bicicleta al lado y una mochila al hombro abarrotada de, quizá, lo más importante que poseía en ese momento.

Hice que el coche se detuviera, pagué lo justo y descendí sin dudar. Caminé hasta él y lo saludé como se saluda a los viejos amigos. Un apretón de manos y un choque de hombros le devolvió el ánimo que llevaba muy dentro pero que parecía haber perdido. Me alegraba mucho verlo y él parecía estarlo también. Recordé la vez en que nos conocimos. Yo caminaba por la calle queriendo comprar un café cuando ví su cartel con la palabra “veterano”. No me acerqué y seguí caminando. Después de un rato volví y lo ví otra vez. Me causó intriga que un excombatiente sufra la vida de la calle después de haber peleado por su patria. Asi que le hablé y conversamos de casi todo. Y entre una pregunta y otra habló de su trabajo en customer service, el cual había conseguido con fecha de inicio para después de fin de año. Esa oportunidad lo tenía contento. Ahora lo encontraba 2 semanas después, medio maltrecho y un poco más cansado.

Esa noche lluviosa, guiado por mi curiosidad con respecto a su situación, le pregunté que había pasado con el trabajo que le prometieron. Me contó que lo postergaron dos semanas así que aún debía esperar. Eso no solo alargaba las fechas, sino su hambre y la brega diaria que afrontaba día a día. Le pregunté si había comido. Me dijo que si, en la mañana. No supe que decir, pues ya era más de media noche. Le hice algunas preguntas más y me fui enterando que el dinero para su comida se le había terminado hacía una semana, que no había podido conseguir un abrigo impermeable en mejor estado y el que tenía puesto resistía a duras penas las lluvias. Que había seguido escribiendo notas en su cuaderno, el cual me enseñó y que lucía hinchado por la humedad, como si las palabras hubiesen sido tatuadas en sus hojas. Yo no sé qué secretos guardaba en él, pero intuyo que en algún recóndito renglón, en alguna de sus páginas, el recuerdo persistente de su estancia en Irak y Chipre habrá sido descrito, volcando en papel lo que sea que haya atestiguado, sucedido o hecho. Sólo él sabe qué lo motivaba a dibujar edificios en la noche, formas circulares y astros en el firmamento que parecen perdidos. Quizá sus relatos sean de orgullo por sus proezas, o de tristeza por la miseria que trae una guerra. No tengo idea y quizá no la tendré.

Lo miro y caigo en cuenta que cada ser humano es una historia. Le digo que vayamos a comer unas hamburguesas y nos alejamos en medio de la lluvia que aunque sea fastidiosa en ese momento, sé muy bien que es buena y la necesitamos debido a la sequía que azotó la región los últimos años. Muy dentro de mi la agradezco, aunque me empape la ropa, las zapatillas y hasta el alma.

 

 

 

 

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